lunes 6 de febrero de 2012


Como cada minuto que se funde, como si mil tiempos depués aún cupiera la posibilidad de retroceder.

Pretendemos eludir el desastre de vivir sin luz, y no hay remedio que te salve de que el sol se apague y la luna brille bajo la manta.
Es como debatirse ante uno mismo y forcejear mano a mano, entre la expresión rutinaria y el canturreo anquilosado.
Me llamo Hércules, o Blancanieves, o "l'home del sac"... y lo único que consigo día a día, es destruir la vergüenza de saberme débil y asumirme. Éso es la luz.

Pero la luz se apaga.

Cierro los ojos.

Entonces lo veo.


La propia tormenta, ésa impulsiva que acontece diariamente, es la misma que nos hace fluir y sentir vivos. Es mi preludio al mañana, mi prólogo en el alba, la introducción de mi novela, o la cuchara en paro ante la hambruna y el subsidio... éso es la pobreza.

Desenmaraño el intento de síntesis de mi vergüenza, de un mundo apalabrado, falto de actos, falto de tactos. Y el llanto y la llantina de los niños misioneros, y los peleles de la izquierda y los baldragas del azul-moroso, y todo junto y revuelto y torcido y crispado y demagogo y mentiroso y... y... y...

Y la propia tormenta otra vez, en las calles de Homs, en las de Banyas, en las de Latakia. Bombas del diablo, sonidos, ecos, ruidos, gritos que aplastan el tímpano de un cordero refugiado, de un soldado veinteañero, de un nadie que se ha ido.

Y luego está la guerra, señores, la guerra.

D.



sábado 6 de agosto de 2011

Moción de censura.

Es como la curiosidad que plantea no saber qué cara tendrá o cómo sonará su voz. Una cristalina incertidumbre de color oleaje que trasnocha debajo de nuestras casas... debajo de nuestras almohadas.
El agua salada no es armónica con nuestras vacaciones sino con nuestros latidos. Latidos de corazones que no saben qué decirse, que no saben cómo amarse.
Igual el amor no exista y únicamente se trate de una amplia gamma de valores y esteriotipos. Quizá el alma no sea tan grande, quizá el rayo se sol hoy no me deslumbre tanto.


No quiero irme ni quedarme.
No quiero ser ni un helicóptero ni un vaso.

D.

martes 21 de junio de 2011

diseñando en un en medio

Cuatro siglos hace que mi boca pronunciara tu pesar... en el mar de las hadas...
no tenemos tiempo de remar en la corrientes sin que tiemblen las montañas que separan los países que están en guerra.
Las guerras, naturales por decreto, protegen la ignominia que pertenece al pobre y al rico , y la protesta venidera que se asoma fuerte des del otro lado también se quedará como hoja de un libro ya cerrado.
A veces, no puedo evitarlo, y pienso que las injusticias son inevitables, y me duele esta guerra fría entre mi lucha y mi consenso, un dolor básico que todos aprendemos a cargar sobre los hombros de caminante ciego o del títere comprado, un dolor como de nivel usuario.

Sobrevolar con brío para pintar la pancarta... o observar la realidad sin entender muy bien quién está perdiendo y quién está ganando...

D.


sábado 7 de mayo de 2011

Punto y final.

Solo necesito pensar en ello para echarte de menos.
Como las golondrinas echan al vuelo al emigrar en el soberano invierno, como la pluma del ave traspasa montañas y alientos entre cada una de las persona que viven. Te echo de menos por cada gota de víscera que sustenta mi filantropía.
Únicamente echarte de menos y ya no siento consuelo de recorrer mundo idolatrado y alejado.
Pero cada uno es como es, y yo asumo la condena de ser tan plausible como abominable. Tan risueña como antisocial, tan felina como malcarada.
No entiendo de grandes números de amistades, ni sé moverme entre el oleaje de una ciudad cosmopolita. Solo un árbol y yo, o un banco y yo, o una hoja de papel y yo... nada más sería imprescindible en la esfera de mi esencia.
Hay demasiado ruido en el perímetro de esta manzana, y ese ruido me hace sentir pequeña y miserable.
Yo quisiera volar a solas, alejada de los focos y de los dedos acusadores y de los ojos recelosos que esperan no sé qué de mi.

Yo soy Dima, nada más... y después de eso no me busques porque en la trastienda nada de lo que hay me pertenece.

D.

viernes 29 de abril de 2011

Quererte.

Si resigo los peldaños que cubren mi corazón desesperanzado, si riego la yedra que cubre un insomnio prolongado, si esta tortura no resuelta que viene de dentro sigue a contracorriente entre la orquídea y Callao, no sé en qué partícula supuesta del mundo hallaré el bien estar.
El bienestar...
ese asunto que conjetura mi dolor de estómago con la vuelta de septiembre, mi ardor postneural en las sienes con la fricción de tus manos al sostener mi frágil remordimiento.
Quererte es una responsabilidad, y es como si aún no supiera conllevarla.
Como un deber reflexivo y placentero, y a la vez una angustia tenebrosa que resbala al segundo entre mis dedos y mis labios...
Quererte duele mucho, y solamente la caricia que resuelvo cuando pasas tu mano por mi cuello consigue que me desprenda de eso... del miedo.

Pero igual te quiero.

D.

lunes 25 de abril de 2011

(13)

"Impulso, impulso, impulso,
siempre el impulso procreador del mundo.

Desde las tinieblas avanzan los iguales, siempre la materia y la
multiplicación, siempre el sexo,
Siempre una identidad entretejida,
siempre la diferenciación, siempre
una progenie de vida.

de nada vale entrar en detalles, cultos
e incultos saben que es así.

Seguro como el que más, a plomo
sobre las columnas, sólido,
ensamblado en las vigas,
Fornido como un caballo, afectuoso,
altivo eléctrico.

Aquí me alzo junto a este misterio.

Diáfana y suave es mi alma, y diáfano
y suave todo lo que no es alma,

Si uno falta, faltan ambos, y lo visible es la prueba de lo visible,
Hasta que se vuelve invisible y es probado a su vez..."

Walt Whitman. "Cuerpo, pueblo, espíritu"
Traducción: Leandro Wolfson.

sábado 2 de abril de 2011

Punto.

Le quería mucho, muchísimo.
Pero la lluvia del cielo plomizo pudo más que todos aquellos verbos y pronombres.

Le quería mucho, muchísimo, pero los días pasados contemplaban un final reconocible para ambos, la inminente tragedia del cada uno, y estar a sabiendas de que la ventana y la puerta permanecerían tapiadas durante los años venideros.

Los rayos de luz ya no filtraban en sus corazones, la búsqueda pueril del amor caduco se rendía ante cada una de sus plegarías, y el color de su habitación se tornó negro como el miedo y el estupor.
Nada es infinito en el destino del hombre.
Nada comienza y acaba en el mismo camino.
Nada perdura fresco en la tempestad del tiempo y nada complace a la traición y a la dolencia.

Y si me hago consciente, en el más servil sentido de la conciencia, entonces duele más. Y entonces... ya no encuentro consuelo si estoy contigo.

D.